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Hibakusha: sobreviviente de una tragedia

Hibakusha: sobreviviente de una tragedia

La supervivencia humana es un tema recurrente en las clases de humanidades del Colegio Internacional Terranova. A lo largo de la historia, miles de testimonios han quedado plasmados en obras literarias como Maus o Yo soy Malala, biografías de seres extraordinarios que dan testimonio de su resiliencia ante tragedias inimaginables. Recientemente, tuvimos la fortuna de escuchar de primera mano uno de estos relatos: Yasuaki Yamashita, un japonés que sobrevivió a la bomba atómica de Nagasaki en 1945, compartió su experiencia con estudiantes y miembros de nuestra comunidad, dejando a todos asombrados por la fuerza de su testimonio.

Yamashita nació en 1939, en plena guerra entre Japón y China, aunque su primer recuerdo vívido de la guerra tiene lugar a los seis años, el 9 de agosto de 1945, cuando la segunda bomba atómica cayó sobre Nagasaki. Yamashita recuerda aquel día con claridad: las sirenas de emergencia anunciaban el ataque, y la población corría hacia refugios comunitarios o se escondía bajo las casas. Luego vino la luz intensa, mil relámpagos simultáneos, y su madre lo protegió con su propio cuerpo; gracias a ella, Yamashita y su hermana sobrevivieron. Horas después, desde un refugio, constataron el horror: Nagasaki ardía en llamas, todo lo que conocían se desvanecía. Sin embargo, lo más difícil estaba por venir: enfrentar la destrucción cotidiana y la lucha por conseguir alimentos.

Desde muy joven, Yamashita asumió responsabilidades que ningún niño debería tener: trabajar y cuidar de su familia en medio de la pobreza posguerra. La desnutrición era evidente en las escuelas, donde los niños iban descalzos y los alimentos escaseaban, a pesar de la ayuda humanitaria ocasional. Las secuelas físicas de la guerra también afectaron profundamente a su familia: su madre perdió los dientes y desarrolló osteoporosis, su padre falleció, y él mismo padeció un problema sanguíneo sin explicación, consecuencia de la radioactividad de la bomba.

Sin embargo, la consecuencia más profunda fue la discriminación hacia los sobrevivientes. Muchos creían que la radiación era contagiosa, y los hibakusha —término japonés que se utiliza para identificar a los sobrevivientes de las dos bombas— eran marginados. Hubo suicidios y comentarios hirientes; Yamashita escuchó que no era “normal” y que estaba “contaminado”. A finales de los años sesenta, tuvo la oportunidad de trabajar en México durante las Olimpiadas. Fascinado desde joven por la cultura mexicana, aceptó la invitación y decidió quedarse a vivir en el país, sin saber que esta decisión transformaría su vida.

Con el tiempo, Yamashita fue invitado a dar conferencias sobre su experiencia. Aunque inicialmente dudó, finalmente aceptó, convirtiéndose en su misión de vida: compartir su historia para promover la cultura de la paz y la importancia de eliminar las armas nucleares. Escucharlo en el Colegio Internacional Terranova fue un privilegio que nos recordó el poder del testimonio humano y la fuerza de la resiliencia.

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